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¡Déjese pastorear! Ya sea oveja o pastor

  • Foto del escritor: En Línea de Batalla
    En Línea de Batalla
  • 25 mar 2021
  • 3 Min. de lectura

Salmo 23: «Jehová es mi pastor»

El Salmo 23 es la joya de la corona del Salterio. Su mensaje de esperanza y fortaleza se transmite mediante el uso de dos imágenes muy populares en la sociedad del Oriente Medio antiguo. En primer lugar se presenta a Dios como el pastor que cuida diligentemente a sus ovejas (vv. 1–4); y se añade la figura del anfitrión que agasaja a su invitado con un banquete extraordinario (vv. 5–6). El poema revela un sentido profundo y grato de confianza, y manifiesta la seguridad del salmista en la fidelidad y el amor de Dios. Por su singular belleza literaria y su mensaje de apoyo y consuelo, ha gozado del favor y reconocimiento de generaciones de creyentes, tanto judíos como cristianos.


Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Salmo 23.1–2


¡Cuánta belleza captada en esta inmortal poesía del rey pastor, David! Refugio de multitud de generaciones, este salmo nos revela como ningún otro los aspectos más íntimos del corazón pastoral de nuestro Padre celestial.


Reparemos un momento en la voz de la mayoría de los verbos.


Nada me falta, en lugares de delicados pastos me hace descansar, junto a aguas de reposo me conduce, él me restaura el alma, me guía por senderos de justicia, su vara y callado me infunden aliento, me prepara mesa delante de mis enemigos, me unge la cabeza.


Sin ser un especialista en las estructuras gramaticales del idioma, salta a la vista que todos los verbos tienen una construcción idéntica.


Están en voz pasiva.


En cada uno de ellos, la oveja es la receptora y no la generadora de la acción.


Recibe algo de parte del pastor: provisión, descanso, dirección, restauración, guía, aliento, servicio, unción.


Debemos notar que estas cosas son producto del accionar del pastor, no de la oveja.


Él, que las ama y desea lo mejor para ellas, permanentemente actúa para que puedan recibir todo lo que considera indispensable para su bienestar.


Es una relación de dimensiones absolutamente sencillas: ellas reciben, él da.


¿Por qué nos detenemos en este detalle? Por la sencilla razón de que hay demasiadas ovejas dentro del redil que creen que es su responsabilidad producir estas realidades.


Están tratando de restaurarse o conducirse a lugares de delicados pastos.


La responsabilidad de la oveja, sin embargo, es una sola: dejarse pastorear.


El pastor se ocupa de lo demás.


Solamente se requiere de ella que esté dispuesta a ser guiada, restaurada, animada, etcétera.


Este principio es el que Norman Grubb -uno de los grandes héroes de la obra misionera- llama un hecho fundamental de la vida espiritual: «Dios actúa por siempre según su naturaleza eterna, y el hombre según la suya, y esto no tiene variación en ambos».


Dios por siempre es el que da, el hombre por siempre es el que recibe.


Cuando nos olvidamos de este principio, perdemos la naturaleza de dependencia absoluta que es indispensable para una vida victoriosa.


Qué difícil es para nosotros, los pastores, quitarnos la chaqueta de pastor y ponernos en posición de ovejas.


Estamos acostumbrados a pastorear, no a ser pastoreados.


Si no nos dejamos pastorear, sin embargo, nunca podremos ser eficaces como pastores.

Para pensar:

¿Se deja usted pastorear?

¿O es muy arisco?

En medio de las presiones ministeriales,

¿no le apetece ser llevado a lugares de delicados pastos, o a descansar junto a aguas de reposo?

Claro que sí, ¿verdad ?


Entonces, por qué no tomarse un momento para volver a poner las cosas en su lugar.


Usted es, sin duda, pastor. Pero primeramente es oveja. Y como oveja, necesita que lo pastoreen.


¡Abra su corazón al dulce cuidado del Gran Pastor de Israel! y no veamos los defectos de los demás pastores terrenales.


Es Dios como un pastor, que con amor y cuidado, guía a su rebaño. Él es fuerte y poderoso cual gigante (Jeremías 20.11), y sin embargo, cuidadoso y amable. Se le llama pastor ( Salmo 23); el buen pastor (Juan 10.11, 14); el gran pastor (Hebreos 13.20); el Príncipe de los pastores (1 Pedro 5.4). Tome nota de que este pastor protege a los miembros más indefensos de nuestra sociedad: los niños y los que cuidan de ellos. Esto refuerza el tema profético de que la nación verdaderamente poderosa no es la que tiene un gran ejército, sino más bien la que depende de la fuerza protectora de Dios.

 
 
 

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